CARLOS ORDÓÑEZ: «ME ENCANTA NO ENCAJAR EN NINGUNA ETIQUETA (AUNQUE ESTO TENGA UN PRECIO)»
Carlos Ordóñez fue un referente en la vanguardia de la electrónica de los noventa. Prolífico e inquieto, exploró diferentes territorios de la electrónica bajo múltiples identidades: pionero del tecno primitivo de tintes oscuras con Prozack, más minimal y house en Gauss, experimentando con Silvania en Radio o abriéndose al electropop de culto con Grado 33.
Y luego el silencio. Un silencio fértil apartado de la escena y de los focos, pero no de la creación. En 2021 volvía con Retortoiro (Ferror Records), un EP que acticipaba una nueva etapa y que tenía continuidad un año después, y tras algunos aplazamientos, con Un círculo helado (2022, Ferror Records). En noviembre de 2025 llegaba Un instante de naufragio, su primer larga duración en años, también de la mano de Ferror Records.
La de Carlos Ordóñez es música difícil de clasificar, en la que confluyen en singular armonía diferentes estilos. Música pensada más como piezas o paisajes que como canciones, sometida a un febril proceso de depuración que raya lo obsesivo y en el que se cuida y revisa hasta el más mínimo detalle. Y el resultado es brillante. Son estructuras suspendidas en el tiempo, tensión contenida bajo una calma aparente. Un sonido que atrapa y envuelve.
Con Carlos Ordóñez repasamos su larga trayectoria, el momento actual y todo lo que está por venir, que promete ser fascinante.

Foto: Jiten Dadlani
¿Cómo recuerdas tu primer contacto con la música electrónica? ¿Qué fue lo que te cautivó de ella para enfocar tu trayectoria musical hacia ese género?
Carlos Ordóñez: Desde niño sentía fascinación por las cajas de ritmos. Supongo que cautivado por un cierto misterio y poder hipnótico. Un buen día, allá por 1992, compré en Pontevedra una KORG analógica, muy básica, de segunda mano, que pasó a ser la pieza fundamental en mis primeros experimentos sonoros, junto con la guitarra eléctrica y tres pedales de efectos BOSS.
Poco después llegó el primer sintetizador, nada menos que un Roland SH101. Y sus secuencias ácidas fueron inoculando en mí un virus malicioso…
Echando la vista atrás a tus primeros años como pionero de la electrónica en Galicia, ¿podrías contarnos cómo fue para ti la transición emocional y creativa de los primeros tiempos de Prozack y de otros proyectos como Gauss o Radio? ¿Cómo viviste ese salto de una escena underground emergente en Vigo a espacios más amplios de la música electrónica?
Carlos Ordóñez: Puedo diferenciar claramente dos períodos: antes de 1995 y después de ese año, que supuso un marcado punto de inflexión en mi carrera. Los primeros años 90 fueron de descubrimiento, de los primeros experimentos caseros con sintetizadores y unidades de ritmo. También de las primeras actuaciones en locales públicos en el área de Vigo. En aquel tiempo, en extraños o curiosos bares de copas, discotecas anodinas y pequeñas salas de concierto de rock estándar, donde en absoluto entendían ese tipo de música.
En el 95, coincidiendo con la eclosión de la música dance, el hecho de quedar finalista del concurso de maquetas Rockdelux me dio reconocimiento estatal, y a partir de ahí di un salto importante a grandes salas, clubs especializados y grandes festivales. Y llegó mi firma con Elefant Records, que tenía en proyecto la creación de una flamante división electrónica, que sería la más importante del Estado en ese momento.

Foto: Jiten Dadlani
La escena electrónica de los años 90 en España era, y sigue siendo, un mito para muchos. ¿Cómo era tu relación con la vanguardia sonora de ese período, desde el techno más oscuro con Prozack hasta la aproximación al house y al disco con Gauss o Discodé? ¿De qué manera ese contexto cultural influyó en tu identidad como músico?
Carlos Ordóñez: ¿Mitificada? Yo pienso que no tanto. A nivel artístico fueron años muy excitantes. Había una clara intención renovadora, surgían nuevos estilos y tendencias a velocidad de vértigo. Siempre se miraba hacia delante (comparable a los años dorados del postpunk).
Por lo demás, era una escena muy pequeña y limitada. Solo éramos cinco o seis músicos productores en todo el Estado (DJs había muchos más). Cerrada en nuestras fronteras: la internacionalización llegaría más tarde, en la década de los 2000, gracias a Internet (pero yo ya no estaba ahí).
Prozack fue un proyecto capital de esa época y estuvo muy ligado a espacios míticos como Vademecwm en Vigo. ¿Qué significó para ti tocar y formar parte de esa comunidad, y cómo crees que esos lugares y públicos influyeron en tu proceso creativo y en tu concepción del directo?
Carlos Ordóñez: El Club Vademecwm fue sin duda el referente en la escena electrónica gallega, así como uno de los referentes a nivel estatal. En ese pequeño club había una atmósfera única. Allí presenté todos mis álbumes en directo, y también ejercí de DJ con cierta regularidad, en su coqueto chillout llamado Ruralita (en realidad, ponía un disco tras otro, pues nunca me consideré DJ).
Pero más allá de escenas musicales y de movidas alternativas, era uno de nuestros referentes para la fiesta y la diversión. Eran tiempos de mayor libertad, noches mágicas inolvidables… además tenía veinte años.
Pero tanto como influir en mi proceso creativo, no. En absoluto.
En tu paso por Grado 33 exploraste un electropop algo alejado de lo que acostumbrabas hacer. ¿Cómo fue abordar ese estilo más orientado a la canción? ¿En qué medida sientes que aquel período alimentó o sirvió de contrapunto a tus exploraciones electrónicas posteriores?
Carlos Ordóñez: En mi casa sonaban tanto Joey Beltram o Plastikman como New Order, Gainsbourg o Stereolab. Era algo completamente natural en mí. Siempre me interesaron y me gustaron los formatos pop. Desde que tenía once o doce años y escuchaba grupos como Décima Víctima, por ejemplo. Por eso GRADO33 significó para mí una cierta vuelta a la infancia y adolescencia. También es cierto que nunca me lo tomé demasiado en serio.
A finales de los 90 el techno empezó a cansarnos a casi todos, tras largos años entregados en cuerpo y alma. Y miramos hacia atrás, encontrando frescura en otros conceptos de electrónica. Y llegó todo aquello del electroclash, que nunca llegó a apasionarme y que pienso que no ha envejecido muy bien… GRADO33 podría enmarcarse en aquel movimiento.
Ecos de vanguardia, ambient, minimalismo… pero también de postpunk, shoegaze o krautrock sobre bases electrónicas se escuchan de manera más o menos explícita en tu música reciente. Pero sin utilizar ninguna etiqueta, ¿cómo describirías tú tu música? ¿A qué suena ahora Carlos Ordóñez?
Carlos Ordóñez: Me encanta no encajar en ninguna etiqueta (aunque esto tenga un precio).
Puedo revelarte cómo me gustaría sonar en estos momentos: como una gran orquesta sinfónica, con todos sus componentes puestos con una pequeña dosis de LSD. Magnífico.

Después de casi dos décadas sin publicar, vuelves en 2021 con el EP Retortoiro (2021). Los temas fueron compuestos entre 2017 y 2021 así que parece que la vuelta fue algo más «planificada» que fruto de un arrebato, ¿fue así? ¿Cómo viviste ese silencio discográfico y qué circunstancias marcaron tu retorno?
Carlos Ordóñez: Disfrutando de la plenitud de la vida, del brío y del esplendor de los treinta años: la edad dorada de la vida (tengo mucha nostalgia de ese tiempo). Bastante feliz, alejado de escenas musicales y de toda la locura de los años anteriores. Pero componiendo canciones y más canciones que fui registrando en montones de maquetas. Muy libremente, sin compromiso alguno. Es decir, una vuelta a mi período maquetero de principios de los 90.
Generalmente, el regreso tras un largo silencio suele implicar una especie de reseteo o reformulación. Musicalmente, ¿cuánto dirías que queda del Carlos Ordóñez de Prozack en el proyecto actual?
Carlos Ordóñez: Soy completamente incapaz de responder a esto.

Foto: Jiten Dadlani
El tema que da título al disco es tal vez el más luminoso de un EP en el que no faltan momentos de cierta oscuridad o tensión como en «Solo símbolos», en el que sampleas palabras del demonólogo Antonio Fortea con las que trata de describir qué es el diablo. ¿Cómo se gestó ese tema? ¿Creció alrededor de esas palabras ahora en un nuevo contexto o los samples vinieron después?
Carlos Ordóñez: Sí, la pieza fue creada para esas palabras tan sugestivas. Al principio coloqué esas frases misteriosas sobre una base de drone distorsionado. Fui añadiendo capas y surgió esa pieza, tan extraña. Mucha gente me pregunta de qué trata. Me gustó el tono de voz del sujeto que habla y, por supuesto, la altura del concepto que está tratando. Esas palabras, además, admiten múltiples interpretaciones. Muy interesante. Contiene algún mensaje más…
No considero que haya oscuridad en estas piezas. Más bien lo contrario. La oscuridad vino después.

Un año después llegaba Un círculo helado (2022), tras aplazamientos que incluso incluyeron una fugaz aparición en plataformas digitales. Entonces decías que fue el EP «que más te costó terminar» debido a tu obsesión por los detalles. ¿Cómo afecta a tu relación con el propio material trabajar de un modo tan meticuloso e intenso?
Carlos Ordóñez: Sin duda, muy negativamente. Sufro mucho con el proceso. Tanto que llego a detestar lo que estoy haciendo, incluso en ocasiones hasta el extremo de destruirlo.
Se hace muy complicado encontrar ese momento en el que puedes ver como cerrado y finalizado un trabajo. Y luego piensas: ¿para qué tanto esfuerzo? ¿Merece la pena? Es completamente absurdo…
Desde la accesibilidad melódica de la pieza homónima, pasando por la experimentación híbrida de «La bailarina napolitana», hasta las dimensiones más conceptuales de «Esa materia fragmentaria» y «Perfumes del Oriente»… En este abanico de aproximaciones, ¿hay algún hilo narrativo o emocional que dé unidad al EP o conforman más bien una especie de mosaico?
Carlos Ordóñez: No existe ningún hilo narrativo; es un mosaico de ideas y conceptos.

Foto: Jiten Dadlani
Cierra el EP «Perfumes del Oriente», pieza que, según mencionas, está influida por el estado de inmersión en la poesía de Julio Aumente en el que estabas durante su proceso de creación. ¿En qué medida la literatura, y en otros casos quizás otras artes, influyen en tu manera de concebir texturas o atmósferas específicas en tu música?
Carlos Ordóñez: Soy absoluto fan de Luis Antonio de Villena, del Decadentismo, y fue a través de su obra que descubrí a Julio Aumente. En ese tiempo estaba completamente sumergido en su poesía. Con esta pieza quise evocar la atmósfera de opulencia y sensualidad (exótica, exuberante…) de la primera poesía de Julio Aumente.
Soy lector ávido de poesía. Poesía y música son lo mismo. Y por supuesto, mi música está muy influida por la literatura que consumo.
En relación a Retortoiro y Un círculo helado, hablabas de «texturas» y «paisajes» más que de «canciones». ¿Por qué definirlos de este modo?
Carlos Ordóñez: Porque el concepto de canción pertenece al formato pop, supone una estructura concreta de la que las piezas de Carlos Ordóñez carecen. Por eso hablo siempre de «piezas».

Un instante de naufragio (Ferror Records, 2025) es tu primer larga duración en décadas. El título evoca imágenes de colapso, transformación e introspección. ¿Por qué ese verso de un poema de Emily Dickinson resonó contigo para nombrar el álbum, y de qué manera la metáfora del naufragio se refleja en su música?
Carlos Ordóñez: Andaba en busca de un título para el álbum, cuestión que no resulta nada fácil (me llevó meses encontrarlo). En ese tiempo estaba leyendo los Poemas a la muerte de Emily Dickinson. En uno de los poemas (el 305) encontré ese verso y resonó con fuerza en mi alma. Estuvo resonando días y días, retorciéndose en mi interior…
Coincidió en el tiempo, además, con el proceso de enfermedad y muerte de mi madre. Uno de los momentos más tristes y dramáticos en la vida de cualquier ser. También consideré otros nombres, como «Programa de demolición» o «Programa de derribo» (que finalmente dio nombre a la primera pieza del álbum).
El largo se estructura en dos mitades: una más experimental, percusiva, a veces incluso ruidista (cara A), y otra más melódica e intimista (cara B). ¿Cuál fue el criterio para construir esta dualidad? ¿Fue una decisión consciente desde el inicio, surgió de manera orgánica durante el proceso de composición…?
Carlos Ordóñez: Contaba con piezas muy experimentales, casi ruidistas y cercanas al industrial, y con otras mucho más melódicas y emocionales, sin duda con la carga emocional del momento que estaba atravesando. Y decidí que esas piezas, con un carácter melódico más estándar, irían en el lado B del álbum (inspirado por muchos álbumes de la década de los 70, con lados B muy especiales).
Todo esto se proyectó así porque desde el principio tenía en mente la fabricación de un formato físico (vinilo). El máster y el diseño llegaron incluso a entrar en fábrica, pero en el último momento decidí cancelarlo porque no sentí el apoyo suficiente por parte de nadie (salvo Fernando Rego).
Fue una pena, porque el diseño de Manuel, con las pinturas de Seara, era espectacular.
Aunque afirmas que el disco no parte de un concepto narrativo cerrado, sí aparece atravesado por ideas como la pérdida, el dolor o cierta forma de liberación. Componer, dejar que la música se impregne de esos sentimientos, de tu mundo interior, ¿tiene para ti algo de catártico?
Carlos Ordóñez: Me cuesta mucho responder a esto. No sabría qué decir. Quizás no.
Comentas que durante el desarrollo de este álbum experimentaste contratiempos e incluso momentos de duda. De nuevo el «perfeccionismo patológico» como freno, pero ¿no es también un motor, algo que impulsa la creación, que enriquece y hace crecer las composiciones?
Carlos Ordóñez: Posiblemente. Pero me sugiere pensamientos contradictorios.

Foto: Jiten Dadlani
El disco vino precedido de tres singles con temas en la cara B que, como ocurría en los tiempos del vinilo, no acabaron recogidos en el álbum. En el de «Un canto sinusoide» aparece otra versión de ese tema con un «(boceto 07)» en el título. Además de llevarnos a pensar que hubo, al menos, otros seis bocetos más y que parece muy «acabado» para llamarlo así, ¿por qué incluirlo en ese single?
Carlos Ordóñez: De casi todos los temas tengo registradas varias versiones o diferentes mezclas. Esa versión de «Un canto sinusoide» me pareció muy especial, con un patrón rítmico con ecos dub que la hace incluso bailable, no muy distante de lo que hice en 1998 como RADIO, junto a mis amigos Silvania.
El single estaba proyectado para dos piezas, la titular y «Azul púrpura salpicado de oro», y decidí en el último momento añadirla porque me pareció bonita e interesante. Mi intención es publicar todas esas versiones alternativas (algunas son sorprendentes).
Has definido Un instante de naufragio como un disco que requiere una escucha atenta y sin prisa. Cada vez hay más gente que busca refugio en una escucha inmersiva, pero ¿no entra esto en conflicto con la actual cultura del fragmento y de la atención dividida?
Carlos Ordóñez: Completamente. Mi primera idea para el álbum era crear una colección de piezas que no superasen el minuto de duración (acorde con estos feos tiempos de inmediatez y superficialidad).
Finalmente opté por lo contrario.
La colaboración con artistas visuales como Manuel Romero y el pintor Seara es clave en la presentación del disco, algo que se puede extender también a los videoclips de Juan Lesta. ¿Cómo ves la relación entre el arte visual y la música en el contexto de tu proyecto?
Carlos Ordóñez: Disfruto mucho con esta parte de mi trabajo. Para mí, el concepto visual es tan importante (o más, si cabe) que el propio contenido musical. Siempre tuve claro, desde el principio, que para mi proyecto personal como Carlos Ordóñez quería desarrollar una parte visual interesante y potente.
Y ya ha dado frutos: ahí están tres maravillosos videoclips de Juan Lesta de una calidad excepcional: «Retortoiro», «Estridor 5-7-1» y «Un canto sinusoide». Tres trabajos que continúan proyectándose en certámenes internacionales, más valorados fuera de España.
En estos años la tecnología asociada a la música electrónica ha cambiado mucho. ¿Cómo es tu setup? ¿Lo digital ha ido ganando peso o lo analógico es la parte central innegociable?
Carlos Ordóñez: Uso lo digital solo para la grabación, edición y producción. Pero en cuanto a fuentes de sonido, casi cien por cien analógico. No me gustan los sonidos generados con software, nunca me convencieron. No sé definir muy bien qué es, pero les falta algo. Y debe de ser algo muy sustancial, porque no me conmueven lo más mínimo.
Después de décadas de trayectoria y tras consolidar tu regreso con este LP, ¿crees que Un instante de naufragio funciona como un punto de llegada o más bien como un lugar desde el que volver a formular preguntas que tendrán respuesta, quizá provisional, en nuevos trabajos?
Carlos Ordóñez: Por supuesto, un punto de partida. Ya estoy diseñando y proyectando cómo canalizar todos mis nuevos proyectos, que son muchos. Va a haber sorpresas este mismo año.
Puedo adelantar algo: este mismo año verá la luz una colección de maquetas de pop electrónico del período 2005-2012, bajo el concepto de ADORADOR NOCTURNO.
Y también nuevos trabajos de Carlos Ordóñez. Y puede que incluso algo más…

Foto: Jiten Dadlani
En la actualidad, ¿qué artista o grupo gallego nos recomendarías? ¿Algún favorito que deberíamos conocer?
Carlos Ordóñez: Aquí van cuatro: Rubén Domínguez (Pantis), Marco Maril, Trajedesaliva, Chicharrón.
Si abriésemos tu cuenta personal de Spotify, ¿qué escucharíamos? 100% Sinceridad, 0% Vergüenza.
Carlos Ordóñez: Justo en este momento: The Durutti Column, Mahogany, Jon Hassell, Pantis, The Contortions, Rrose, Sal Solo (cantante de Classix Nouveau), The Associates, Compay Segundo, y una colección llamada «10 Hours of Continuous Brown Noise» que utilizo de fondo para dormir (especialmente en viajes).

