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ZÅLOMON GRASS: «ESTAMOS APURANDO LOS ÚLTIMOS DETALLES Y CALENTANDO LOS MOTORES DE NUESTRA MAQUINARIA CÓSMICA»

ZÅLOMON GRASS: «ESTAMOS APURANDO LOS ÚLTIMOS DETALLES Y CALENTANDO LOS MOTORES DE NUESTRA MAQUINARIA CÓSMICA»
18 DECEMBER 2023

Los setenta fueron una era icónica para el rock, desde los sonidos contundentes de Led Zeppelin hasta la psicodelia de Pink Floyd, pasando por la diversidad de subgéneros que dejó a su paso, como el rock progresivo o el glam rock; guitarras distorsionadas, voces potentes y baterías atronadoras son algunas de las características que convertían canciones en himnos épicos. Medio siglo más tarde aparece Zålomon Grass con la intención de hacer exactamente lo mismo, de retomar el legado y el espíritu de esos primeros años setenta con su particular y ecléctico cosmic blues. Y lo consiguen, vaya si lo consiguen.

Tras un EP en directo y otro presentado como banda sonora de una película experimental creada por ellos mismos, la banda viguesa publicaba su primer largo, Space Opera (2023); cuarenta minutos en los que Zålomon Grass sigue ampliando sus límites creativos, invitando al oyente a descubrir un rock ‘n’ roll en mayúsculas, desde las notas más clásicas hasta los matices más vanguardistas. El trío despide 2023 con la mente, y alma, puesta en su siguiente trabajo, que entrará a grabar el próximo mes de febrero.

 

 

Foto © Alberto Lora

 

¿Cómo surge un trío de blues, hard rock y psicodelia como Zålomon Grass? ¿Tomó forma en plena pandemia?

Gabriel McKenzie: «Cuando muchos otros se echaron atrás con sus proyectos musicales por la imposibilidad de mantener un grupo de una forma rentable, como si fuese un negocio más, nosotros nos juntamos por puro amor a la música y por la locura de descargar nuestras ganas de expresarnos artísticamente en una época incierta y distópica. Y qué mejor que estas tres patas para un banco».

 

Buscamos y buscamos, pero no hemos encontrado ninguna pista fiable, digamos, sobre de dónde puede venir el nombre de la banda... Lo de «grass» podemos sospecharlo, ¿pero Zålomon? ¿Solomon Kane? ¿El Rey Salomón? ¿Y por qué esa «å»?

Mauro Comesaña: «Es una variación gramatical del nombre del Rey Salomón y ese anillo en la “a” es tan solo un trazo diferenciador más. El término “grass” (hierba) es la forma con la que se denominaba al cannabis en tiempos bíblicos, de ahí “Hierba de Salomón”. Cuenta la leyenda que la misma Reina de Saba le regaló al Rey Salomón una planta de cannabis y que, después de su muerte, mandó que hojas de esta planta fueran enterradas con él.

Pensamos que estos elementos componían una imagen muy poderosa y que ilustraban bien nuestra música».

 

The Soul Jacket, Spoonful o Karma Animal son algunos de vuestros proyectos paralelos, ¿qué aporta, personal y musicalmente, este bagaje previo a este nuevo proyecto?

McKenzie: «Ahora mismo solo Mauro continúa compatibilizando su tiempo con The Soul Jacket. Nosotros estamos dedicados casi al completo a Zålomon y, por supuesto, a nuestros empleos».

 

Foto © Anoush Abrar

 

Sois abanderados de un blues cósmico que, irremediablemente, nos lleva a pensar en el ‘Kozmic Blues’ de la bruja cósmica, Janis Joplin. Más allá de esa etiqueta, ¿cómo describiríais vuestro sonido?

McKenzie: «Cuando se nos ocurren las canciones estamos siempre buscando la vanguardia y la frescura en la composición. Mezclando lo psicodélico y lo progresivo, trasladando la frontera de los subgéneros hacia un punto sin determinar... casi como imitando el cosmos; de ahí la etiqueta. Pero, al mismo tiempo, no dejamos de estar arraigados en el rock, blues y en el pop de los años 60 y 70».

 

No somos de creer en las casualidades, así que, además del género, ¿hay algo más de Janis en Zålomon?

McKenzie: «Quizás su visión hedonista de la vida sea una buena carta a la que aspiramos llegar con nuestras letras en los temas más introspectivos que tenemos en nuestro último disco».

 

 

 

The Four Track EP (2021) es vuestro debut discográfico, una sesión grabada live en Radar Estudios (Vigo) hecha disco para presentar cómo sonaba la banda y cómo lo hacía en directo. ¿Por qué publicar esta especie de portafolio?

McKenzie: «De aquella, en una de las mil fases de la desescalada de la pandemia que vivimos, las posibilidades para juntarse y grabar un disco largo o de dar un concierto debut eran nulas. Así que, después de pensarlo mucho, llegamos a la conclusión de que lo mejor que podíamos hacer para presentarnos al público y mostrar nuestro sonido de directo era grabar audio y vídeo sin cortes, en vivo en Radar Estudios, tan solo nosotros tres, el ingeniero de sonido Pablo Iglesias y la operadora de cámara Antía González. Y así fue».

 

 

 

 

Vuestro segundo EP, Three Hundred Years (2022), se presentaba con un filme experimental del que el propio álbum era la banda sonora. ¿Cómo surgió esta peculiar idea?

McKenzie: «Al poco de presentar nuestro debut decidimos avanzar con un proyecto diferente. La idea surgió durante una noche de toque de queda en la que nos quedamos atrapados en casa. Con la premisa de la realidad en la que vivíamos, pensamos que era buena idea grabar un mediometraje en el que plasmásemos una historia fuera de los límites físicos de la propia realidad y del tiempo con tres partes que narran un “hace”, un “ahora”, un “siempre” y un “dentro de 300 años”, grabada en tres localizaciones distintas y también con partes en directo».

 

Musicalmente es un poco diferente a ese primer álbum. Dos temas acústicos de blues envueltos en otros dos más psicodélicos donde pesa más lo instrumental y en los que escuchamos sintes analógicos. ¿Fue una especie de paréntesis? ¿Una nueva línea de exploración?

McKenzie: «Era una idea novedosa y arriesgada; grabar un EP en vinilo y publicarlo en un formato de filme de 20 minutos en YouTube no es una idea que se escoja hacer por decisiones comerciales, sino puramente artísticas.

Decidimos hacerlo para aprovechar esa etapa de transición entre pandemia y “nueva normalidad” y, una vez presentado y girado, seguir ya hacia el siguiente trabajo. Llegamos a presentar Three Hundred Years en el festival Latitudes en Vigo, abriendo para bandas como Mando Diao y Iggy Pop».

 

 

 

 

Space Opera (2023), vuestro primero y esperado largo, veía a luz en marzo, en el que se retoma y ahonda en el son del primero disco. Decís que Space Opera es un álbum conceptual, ¿cuál es ese hilo conductor que liga las ocho pistas?

McKenzie: «Durante la composición de los temas, yo estaba atado a un trabajo que me amargaba y que consumía todo el tiempo que necesitada para poder llevar una banda. Agarré esa frustración y, en el poco tiempo libre que me quedaba, creé una historia dividida en varios actos.

Aparentemente no se unen entre sí, con voces diferentes y temas variados, pero visto desde lejos y añadiendo el significado general y de la portada, todos hablan de lo mismo: el abuso de poder, la frustración de los débiles, la revuelta de los maltratados y, sobre todo, la ansiedad y la depresión que se extienden como un virus por la sociedad moderna».

 

Escuchándoos uno piensa casi de inmediato, aunque no solo, en Led Zeppelin... ¿Es vuestra principal influencia? ¿Cuáles diríais que son vuestros referentes en vuestra manera de componer?

McKenzie: «Es evidente que Led Zeppelin es uno de nuestros pilares (y de la mayoría de las bandas de rock) a la hora de entender la música, pero no es el único, y justo esto es clave para nosotros. Creemos que sería un grave error inspirarnos únicamente en una sola banda como otras agrupaciones actuales hacen a menudo. Bebemos de muchas fuentes, pero por seguir con ejemplos que todos conocemos de esa época también están Pink Floyd, Muddy Waters, The Beatles, o Jimi Hendrix, solo por nombrar algunas».

 

¿Y por qué buscar (y encontrar) la inspiración en el final de la década de los sesenta y los setenta? Porque la inspiración va más allá de la música y llega también a la propia imagen del grupo (vestuario, diseño, vídeos)...

McKenzie: «Porque creemos que cuando surgió esa oleada de músicos de rock, y el crecimiento exponencial de la contracultura, la industria no estaba metida de lleno en la escena; era un movimiento puro y artístico. Con la llegada de la segunda mitad de los 70 la cosa se desvirtuó y dejó paso al puro negocio, lo que resultó en el descontrol de los años 80.

Además, lo que más nos atrae de la música de esa época es su sonido, un sonido casi atemporal. Si escuchas una canción de los 80, es raro no situarla casi con plena exactitud por los incontables matices acusatorios que llaman la atención exclusivos de esa época, casi como las hombreras o los cardados. Sin embargo, a día de hoy escucho alguna canción de los primeros discos de Black Sabbath y, si no supiera quienes son, no podría adivinar de qué época en concreto proceden».

 

 

Durante los casi 40 minutos que dura el largo se pueden apreciar infinidad de pequeños detalles sobre estructuras complejas, en un sonido rotundo. Decís que hay velados y sutiles guiños a clásicos del género tanto en las letras como en la música. Sin ánimo de hacer spoiler, ¿podríais comentarnos algunas de ellas?

Mauro: «Son cosas que están ahí para quien quiera prestarle atención. Sin desvelar todas, y en el estrictamente musical o de mezcla, hay pistas de instrumentos que quedan casi ocultas pero que decidimos no eliminar de todo. Muchos de los grandes discos están llenos de pequeños errores: sonidos que se colaban en otras pistas, detalles y efectos que están invertidos, tomas de voz no definitivas que acaban enterradas por la pista final, pero que en algunos casos la tecnología de entonces no era capaz de maquillar de todo (o que incluso los propios artistas dejaban ahí a modo de primitivos Easter eggs), etc.

Eso es parte de lo que hace un disco especial, que puedas escucharlo cientos de veces y —al margen de alucinar con las composiciones y lo bien ejecutadas que están— encuentres esas pequeñas arrugas en el tejido. Para nosotros eso es algo mágico y que encaja a la perfección con nuestra filosofía.

En las letras también hay referencias a artistas míticos de esas décadas de las que estamos hablando, y las fábulas y leyendas que se contaban sobre ellos, pero esto preferimos que el público lo encuentre por sí mismo...».

 

 

Foto © Candela Balboa

 

El vídeo de ese tema tan contundente como es “The Drill” también está inspirado en los 70. ¿Cómo recordáis la grabación? Lo de los coches que aparecen en él tiene historia ¿no?

Mauro: «Sí, tiramos tanto de nuestros propios vehículos, en alguno de los casos, como de otros de compañeros que se prestaron encantados a echar una mano. No buscábamos que las imágenes ilustrasen el tema del que trata la canción, sino rendir un homenaje a las máquinas, como si fuesen nuestras particulares naves espaciales de un tiempo a medio camino entre un futuro lejano y un pasado impreciso; siguiendo con la estética del disco.

Un coche deportivo —más si hablamos de esos años, donde la ingeniería mecánica aún tenía mucho de artesanal— al igual que una guitarra o un amplificador es una máquina, pero guarda siempre algo de las almas de sus creadores e ideólogos».

 

 

El largo fue grabado en Guitartown (Cantabria) por Hendrik Röver, quien también participa en el disco tocando puntualmente la guitarra, el Rhodes y la percusión. ¿Cómo fue trabajar con él? Porque hemos entendido que vais a repetir experiencia...

McKenzie: «Trabajar con Hendrik fue una decisión acertada. Llevábamos las ideas muy claras y Mauro ya conocía el estudio de sobra, pero para nosotros era un terreno aún por explorar. Sin embargo, Hendrik fue quién de decirnos lo que necesitaba para mantenernos motivados y dar siempre el 150% de nosotros mismos en la grabación, captar de la mejor forma posible el sonido del directo y de los overdubs.

Por eso, y por todo lo que aprendimos en el proceso, es por lo que vamos a volver el próximo mes de febrero a grabar el que va a ser nuestro siguiente trabajo».

 

¿Cómo es el proceso creativo? ¿Cómo trabajáis los temas hasta darles la forma final? Tenemos la sensación de que los temas ya están muy definidos en la preproducción y que se toman relativamente pocas decisiones en el estudio. ¿Es así?

McKenzie: «Aunque hay excepciones, normalmente yo llevo al ensayo una idea preconcebida de lo que va a ser un tema. Junto experiencias, recuerdos, sentimientos o vivencias inventadas y, de ahí, creo una historia que luego junto con lo que puede ser solo una melodía, un riff o una progresión. Más tarde, con las opiniones y el acompañamiento de Mauro y David, vamos construyendo poco a poco lo que dará lugar a una canción al completo».

Mauro: «Los tres podemos tomar decisiones a la hora de producir el tema, o David puede dar con una solución tecnológica o de mezcla que de pronto le añada un matiz fresco a la canción, pero la idea básica y cómo tiene que sonar es algo que ya tiene claro en una etapa bastante temprana del proceso».

 

La portada es un diseño de María Llauger y Mauro, inspirada en la ilustración ‘El buque de Su Majestad Real Decapitator en persecución’ de Archibald Ingram (no logramos encontrar el original...). ¿Por qué esta pieza de Ingram en particular? ¿Cómo se relaciona con el concepto del álbum?

Mauro: «Bueno, aquí hay miga, y esto conecta con la pregunta que nos hacías antes sobre los detalles ocultos. No es un secreto, pero la imagen fue realizada (en parte, no totalmente) con una inteligencia artificial, simulando un óleo marítimo del siglo XIX, de ahí el nombre y las siglas en inglés de ese artista ficticio: Archibald Ingram (AI).

Fue un juego en el que arriesgamos, precisamente en un momento en que muchos creadores estaban usando estas herramientas y el debate estaba en la mesa. ¿Es lícito? ¿Es justo quitarle trabajo a los artistas de carne y hueso para ahorrar tiempo y, seamos honestos, dinero? Veníamos de publicar un 10 pulgadas (Three Hundred Years) en el que la portada fue hecha de manera artesanal, acrílico sobre lienzo, como se hacía antes; por eso nos decidimos darle la vuelta a todo este debate y dejar ahí, de nuevo, un regarlo para quién fuera capaz de encontrarlo».

 

Foto © Candela Balboa

 

Siguiendo con la parte visual, vuestro diseño gráfico y vestuario están especialmente cuidados, algo que se aprecia, por ejemplo, en la edición física del disco. ¿Qué importancia le dais a estos aspectos? ¿Qué aportan, o de qué manera complementan, a vuestra música?

Mauro: «Todo forma parte de dejar una impronta en el público, que atisben que están viendo algo que se sale de los cánones habituales. Por otro lado, somos unos enamorados del vinilo, y de los soportes físicos tangibles, como también sabemos que lo son nuestros fans; por eso siempre tratamos toda la parte artística con cariño. Es justo que quien venga a verte a un concierto pueda llevarse algo de esa experiencia su casa, o compartirlo con los demás. ¡No hay mejor regarlo para una tarde de lluvia, justo en estas fechas, que una buena edición en vinilo de una banda a que tuviste la suerte de conocer hace poco!».

 

Estáis dando los últimos conciertos de una gira que, además de paradas estatales, también os llevó a formar parte del legendario Montreux Jazz Festival (Ginebra). ¿Cómo se dio esa oportunidad y qué significó para vosotros participar en este festival? ¿Con qué sensaciones bajasteis del escenario?

McKenzie: «Fue un sueño hecho realidad. Lo que vivimos allí es algo que todavía no hemos procesado. Tocar en uno de los festivales más famosos y con más historia del planeta es algo que para una banda de Galicia suena a fantasía. Pero un día, después de tocar en Madrid, recibimos un correo de ellos en el que se ponían en contacto con nosotros porque nos querían en su escenario. ¡Y allí fuimos!

Desde el primer minuto todo fue como el sueño de cualquiera músico de rock: recogida en Mercedes con lunas tintadas, la azotea de un Hotel de Montreux para nosotros solos, el camerino con bar privado y todo lo que les habíamos especificado en nuestro rider (hasta había M&Ms, pero solo de los azules), cena en un restaurante privado para todos los artistas—incluso con los headliners del festival como Jacob Collier, con el que bromeamos en la mesa. En el momento de nuestro concierto, todo lleno hasta la bandera de gente dándolo todo con nuestra música... y al día siguiente vuelta a la realidad. Volver a nuestros empleos, pero sobre todo volver a casa a empaparse de estímulos y vivencias y a seguir luchando para llevar nuestra música a más rincones del planeta, sin olvidarnos del suelo donde tenemos los pies».

 

 

A tan solo una fecha (¡que sepamos!) de cerrar el directo de Space Opera, ¿cómo describiríais vuestro directo si tuvieseis que convencer a alguien que aún no disfrutó de Zålomon Grass en concierto?

McKenzie: «Si os gusta la música en directo y queréis ver a tres tipos sudando y sacando lo que han metido dentro de su alma a través de sus instrumentos, no os podéis perder nuestro show. Además, ¡el 24 viene cargado de oportunidades para vernos y brindar juntos!».

 

Teniendo en cuenta el gran éxito del disco entre la crítica, hay quien lo califica de obra maestra, ¿cómo afrontáis ahora la edición de un segundo LP? ¿No da algo de vértigo?

McKenzie: «Tenemos nuestro propio listón bastante alto a la hora de las elecciones que estamos haciendo para este nuevo trabajo. Las críticas de la prensa especializada son muy importantes, pero la peor crítica siempre es la nuestra propia y por ello queremos mejorar nuestra marca».

 

Por cierto, ¿cómo va? Porque parece que ya estáis empezando a darle forma a un nuevo trabajo...

McKenzie: «La segunda quincena de febrero estaremos ya en Cantabria listos para comenzar la grabación, así que estamos usando estos meses de noviembre y diciembre para apurar los últimos detalles e ir calentando los motores de nuestra maquinaria cósmica».

 

Foto © Candela Balboa

 

En la intro de Three Hundred Years, se leía un «time is an illusion», así que vamos a viajar a los años 70. Tratad de hacer un esfuerzo por comparar el mainstream de aquella época, frente al de ahora. ¿Algunas reflexiones?

Mauro: «Siempre hubo, y habrá, música más accesible y música más underground o vanguardista, siempre. Pero quizás no se hablaba aún —o por lo menos de manera tan generalizada— de mainstream. Seguro que no era raro que después de ver un concierto de los Simon & Garfunkel la velada terminase en un piso, quizás tomando un poco de LSD, escuchando un bootleg de un directo de los Grateful Dead o el “Bitches Brew” de Miles Davis. Todo estaba mezclado; la música estaba mezclada con el resto de disciplinas artísticas, incluso las más rupturistas, los músicos bebían unos de otros, no había tanta competencia y no pesaba tanto la publicidad de los medios de masas».

 

En la actualidad, ¿qué artista o grupo gallego nos recomendaríais? ¿Algún favorito que deberíamos conocer?

Mauro: «¡Sí! Escuchad a Dagla, Moura, Sanny, los Voodoo Bandits o a Sr. Salvaje».

 

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Zålomon Grass: «Graveyard, Bleachers, The Rolling Stones, Fleet Huyes, Moundrag, Cutworms, Weyes Blood, Uncle Acid and The Deadbeats, Holy Wave, Jaime Wyatt, The Lemon Twigs, Drugdealer, Emerson Lake & Palmer...».

 

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