PANTIS: «UNO NO SABE QUIÉN ES HASTA QUE SE PIERDE»
Hay proyectos que nacen de la acumulación y otros de la necesidad de reducir hasta quedarse con lo esencial. En el caso de Rubén Domínguez, después de años formando parte de bandas como Telephones Rouges, Cudevaso o Chicharrón, Pantis aparece como un espacio propio en el que simplificar la estructura sin perder intensidad: un proyecto más portátil, más abierto al error, en el que volver a empezar también forma parte del proceso.
Ese camino se construye a lo largo de varios trabajos —de Pranto (2016) a Baldíos (2019)— y continúa ahora con memoria nova (Prenom, 2025), un disco que no avanza en línea recta, sino que insiste, vuelve y se reorganiza. Un álbum hecho de fragmentos, archivos personales y rastros que aparecen y desaparecen, en el que la memoria deja de ser un lugar al que regresar para convertirse en un material que se transforma constantemente.
Hablamos con él sobre ese proceso de excavación, sobre la relación entre sonido e imagen, sobre la lengua como un lugar que no se desplaza y sobre una forma de entender la creación que se mueve entre la intuición, la repetición y la insistencia.

Foto: Prenom
Rubén, llevas años formando parte de proyectos fundamentales de la escena gallega —Telephones Rouges, Cudevaso, Chicharrón…—, pero Pantis aparece en otro lugar, más cerrado, más tuyo. ¿En qué momento surge la necesidad de abrir un camino propio?
Rubén: Cuando tenía quince o dieciséis años, mi hermano trajo una copia pirata de Fruity Loops a casa y me dediqué a trastear a lo bestia sin tener ni idea de lo que hacía. Como no teníamos internet, no tuve acceso a tutoriales para entender bien los procesos, así que mi forma de usarlo para componer y crear era un poco atípica. Tampoco tenía mucha idea de música o armonía, por lo que fue un proceso de descubrimiento muy estimulante y salvaje. Las primeras canciones de Telephones tenían una componente importante de esa forma de aproximarse a la música que desapareció cuando nos convertimos en banda y componíamos principalmente en los ensayos. Tras el fin de Telephones en 2013, retomé el FL porque quería intentar articular un proyecto sencillo, unitario y que no implicase política de banda, con mis tiempos, siempre lento y abierto a cualquier cosa que surgiera. En el último año de Telephones estábamos en una etapa vital de cambios. Andábamos de aquí para allá con la universidad, los trabajos, las mudanzas vitales y yo necesitaba algo pequeño, transportable y en lo que equivocarme y sorprenderme con los hallazgos. Desaprender toda la experiencia de Telephones, que había sido muy intensa y en la que crecí mucho como músico. Por eso, volver al refugio del FL, volver a crear patrones improbables, temas raros y llevarlos al directo con el vértigo de las primeras veces en la música, con letras creadas sobre la marcha, buscando rápido en las experiencias y conservando esa componente física que siempre había tenido en la etapa anterior.
¿Y por qué “Pantis” para nombrar el proyecto?
Rubén: Buscaba una palabra que no tuviese un significado concreto ni orientase de ninguna forma la música que iba a hacer, porque tampoco sabía por dónde tirarían las composiciones. No estoy muy en la línea de nombres con exceso de consonantes juntas, números y símbolos varios de la electrónica. Quería algo corto y sonoro y Pantis se reveló como una traslación rítmica de un patrón de bombo—caja en una caja de ritmos: Pan—tis. Me pareció una palabra popular en desuso con un punto de extrañeza y me cautivó.

Foto: Claudio Pato
En 2016, en una entrevista para Sintetizados, hablaste de Pantis como un “proyecto maleta”, pero no surge de forma aislada. Viene de tocar, compartir espacios, formar parte de una escena. ¿Qué necesitabas hacer aquí que no tenía cabida en otros formatos?
Rubén: Por una parte estaba la logística de mover una banda con batería, amplis y cacharrada de un sitio a otro: problemas para cuadrar ensayos, para encontrar conciertos, pruebas de sonido muy estresantes, siempre descontentos con el sonido, poco dinero en cada viaje, problemas para conseguir equipos, el local de ensayo en O Grove, sin dinero para grabar en un estudio. Por suerte, Matías y Jose eran muy implicados y resolutivos, pero era muy cansado. Al principio no notaba nada de eso por la adrenalina de ver nacer y crecer el proyecto en el que participas, pero en la última etapa ya me lastraba. Justo entonces vi a Aries en un concierto en el Twist&Shout en O Grove y flipé con el set. Empezó a surgir en mí el deseo de copiar aquello para un proyecto propio. Por otra parte, musicalmente empezábamos a estar más desconectados. Ya en el disco Disenso habíamos tenido bastantes discusiones para encajar las composiciones. Creo que entre ese disco y el final de la banda no compusimos nada más. Yo hablaba en una entrevista en Barcelona de probar otras herramientas, trabajar con loops y electrónica, pero creo que ya estaba pensando en otra cosa que era Pantis. Poco después, Cibrán Tenreiro me propuso tocar en el festival de Saumede de 2014 y ese fue el detonante. Desde entonces, sigo vinculado a ese underground, tocando en sitios pequeños con gente muy cercana. Esa es mi liga, mi casa.
Sin etiquetas, ¿cómo definirías la música que haces?
Rubén: Es una catarsis íntima que busca elevarse con ritmos repetitivos, estructuras volubles y sonidos que habitan entre un pasillo muy largo y una centrifugadora. Los personajes de las letras hablan de más porque no se sienten observados, pero no siempre explican claramente lo que les pasa, dejándose llevar por descripciones erráticas de memorias nuevas y sensaciones enquistadas.

Si buscamos en Bandcamp tu primer LP, Pranto (2016), leemos que “es un presentimiento”. ¿Qué sentías entonces que estaba por venir? ¿Crees que se cumplió con el recorrido que llevas hoy?
Rubén: En 2017, un colega me invitó a ir a tocar a Berlín. No me aclaró mucho lo que era hasta que llegué allí con mi mochila de backpacker con un sinte prestado, un portátil y un montón de cables. Fui a comprar un pie de teclado a una tienda a la mañana siguiente. Era una especie de encuentro con los migrados del Bloque y fue un poco cuadro verme tocando en un mitin en Berlín. Al menos, al principio. Después estuve cómodo y Ana Miranda fue muy maja. Coincidió que mis amigos Alex e Iria estaban de visita y vinieron. En el avión también me encontré con un conocido de Ogrobe y con Rosalía Fernández y también se apuntaron. Fue una noche extraña, pero muy comunitaria. Hasta aquí ok, pero yo entonces estaba muy motivado y para aprovechar el viaje le había escrito a un tipo que había conocido una noche en Compostela y me consiguió —todavía no sé cómo— un concierto en la Meet Factory en Praga, abriendo para una banda de esas de autobús de gira que se llamaba Cold Cave. Pues allí me planté en las vías del tren, en Praga, en la puerta de la Meet Factory, con mi mochila de backpacker, un pie de teclado metido en una caja, enfrente del bus de gira de Cold Cave y me entró la risa, de lo absurdo de todo y de lo cierto que era ese presentimiento que había movido la edición de Pranto. Uno no sabe quién es hasta que se pierde. Ahora la mochila es un cajón un poco más pesado pero que me cabe en el maletero. Sigo sintiéndome pequeño y vulnerable cada vez que llego a un sitio, pero con la misma sensación de vértigo que me mueve.

Foto: Claudio Pato
Fue grabado y mezclado en los estudios Terraforma, considerados casi un templo de lo alternativo o del underground con Ibán Pérez. ¿Qué encontraste ahí para que ese vínculo perdurase en el tiempo?
Rubén: Llegué a Ibán porque había participado en la grabación del disco de Indómitos, un clásico increíble de la música gallega. Él había vuelto de vivir en Glasgow, de participar muy activamente en la escena musical de allí y creo que había sido Luismi —Trasvesti Afgano, Nutrias, etc.— quien me lo había recomendado. Hablé con él y allí nos plantamos en O Hío para empezar a grabar el disco con Cibrán, batería del álbum. El primer día estuvimos muy serios ambos. Yo era la primera vez que entraba a grabar un disco propio en solitario como productor. Todo dudas, esperanzas e incertidumbres. Después de esa ruptura del hielo encajamos muy bien por carácter, por la pasión musical, por el amor por los sintes y por compartir un momento que para mí fue bastante raro a nivel personal. Fue un disco difícil de terminar, con cancelaciones de sesiones por mis inseguridades, en el que me sentí muy arropado sobre todo a la hora de interpretar las voces. Me transmitió una familiaridad y un cariño por el proyecto que me cautivaron. Tardamos tres meses en terminarlo pero salió adelante. Después volví para grabar dos discos de Chicharrón y algún single suelto y nos hicimos amigos. A veces digo que después de cada proceso de trabajo nos odiamos profundamente, pero él tiene una paciencia tremendísima conmigo y mis tonterías. Otros me habrían mandado a la mierda bastante antes.
Los discos de Chicharrón fueron mezclados a distancia, yo en Madrid, cruzándonos mails y llamadas infinitas. En Unha fogueira intacta casi lo vuelvo loco. Me dijo que tenía que posponer la mezcla porque tenía unos proyectos agendados y yo no paraba de retrasarlo todo con mis manías. Me enfadé un poco y el disco lo terminó de mezclar Matías Unruh, que es otro mago de esto. Creo que ahí fue el punto más bajo de nuestra relación, pero se pasó pronto y allí volví. Ibán es un genio, un amor de persona y un ingeniero de sonido y músico excelente.
En memoria nova tenía claro que quería disfrutar del proceso de mezcla y estar presente. Lo grabamos en las Semanas Santas de 2024 y 2025 y lo mezclamos en agosto de 2025 en seis o siete días. Llegué con todas las pistas editadas por lo que solo tuvo que dedicarse a mezclar. Con respecto a otras veces, no pedí correcciones interminables de las mezclas. Me fié por completo de él y del trabajo que realizábamos allí. Quería desprenderme del celo y la obsesión que me persigue en cada proyecto en el que me meto y verlo todo más desde fuera. Cada día que iba, mezclábamos un tema y medio. Al mediodía casi siempre lo invitaba a comer en el Bar Stop. Al día siguiente llegaba e Ibán me preguntaba si había escuchado la mezcla. Yo le decía que no tenía pensado escuchar nada hasta el final y ojalá encajara todo. Llegué a ser muy puto loco con las mezclas. En A fogueira intacta de Chicharrón llegábamos casi siempre al mix 10, 11, 12 hasta que estaba como lo imaginaba. Yo fui mejorando como productor y él se desplegó a nivel técnico y artístico magistralmente. Tiene un mimo por la elección de los micros, por el aire en las mezclas, la ecualización, el uso de máquinas muy bien empleadas para llegar a un sonido rico y espacioso.

“Mar”, que acabó abriendo el vol. III del recopilatorio Galician Bizarre, veía la luz en 2018 y lo presentabas como single adelanto de Carme, un disco previsto para otoño de ese mismo año, pero que no llegó a salir como tal. ¿Qué fue de él?
Rubén: En 2018 me mudé a Madrid con mi pareja. Muchos cambios, dificultades, la producción de Cancións Clínicas de Chicharrón. Carme quizá está ahí, en ese disco. Las composiciones principales son de Alberto, claro, pero la producción y la atmósfera eran el álbum de Pantis. Pasaron unos meses y toda la vorágine de Madrid hizo que dejara de reconocerme en muchos de los temas. Los aparqué y empecé de cero. Entonces me dedicaba completamente al audiovisual y a la música, por lo que tenía un ritmo de composición muy loco. Cada día salían nuevas canciones, nuevos caminos y creo que me explotó la cabeza. Dejé de saber lo que quería hacer, por dónde tirar y cómo articular un disco. En septiembre de 2019 decidí comprar un cuaderno para ordenar las posibilidades de crear algo de todo aquel enjambre. Poner orden en la cabeza. Creaba las posibilidades de playlists, las ideas que podrían contener relación musical, etc. En ese cuaderno empezaron a brotar muchas letras y menguó mi capacidad de concretar todas aquellas ideas musicales en temas estructurados. Estaba muy volcado en Chicharrón y Pantis era más como un centro de experimentación en el directo. Llevaba los temas en los que estaba trabajando sin tenerlos terminados, sin letra clara, improvisando sobre el escenario y algunos salían bien y se quedaban y otros pasaron como rarezas. Así llegué a finales de 2019, teniendo la sensación de que no tenía más que bocetos, siluetas informes que reconocía durante un tiempo y luego dejaba de entenderlas. Sentí que ese periodo en mi discurso musical tenía que ser un collage y así surgió Baldíos. Pequeños flashes que se desvanecen en un caos de estímulos.

“Val” también aparecía en 2019 como single y en él cambiabas O Hío por Compostela e Ibán Pérez por Hevi. ¿Fue muy diferente trabajar con uno y otro, dos grandes de la producción?
Rubén: “Val” y “22” nacieron en los directos. Eran dos temas que había hecho para tocar y sentirme muy libre cantando que se aproximaban levemente al spoken word y al rap en la forma de interpretarlas. Eran dos temas en los que la letra surgía en el momento hasta que Hevi me propuso ir a grabar con él para sacarlas en un 7” en su proyecto Oscilador Paragüeiro. Ambas hablan de realidades sociales que se dan en las orillas de las ciudades: en los polígonos planificados de viviendas y en los polígonos industriales. Hablaba mucho de Santa Marta, un barrio de Santiago de Compostela en el que se hizo un desarrollo urbanístico plagado de condominios de esos de piscina y parque interior, lo anticomunitario por excelencia; el sueño húmedo de una clase media con pretensiones, y también del Polígono do Tambre, en el norte de la ciudad. Ambas realidades vuelven a aparecer en memoria nova.
Trabajar con Hevi fue rápido, intenso e íntimo porque fue en su casa. Me hizo cantar en un baño, tocar algún instrumento de forma atípica, regrabar cosas. Tampoco nos conocíamos tanto y, sin embargo, sentí mucha complicidad. Yo me sentía muy pequeñito viéndolo trabajar y me di cuenta de que no tenía ni idea de producir ni de pensar sobre la música. Aprendí mucho de cómo trabajaba con la interpretación, con la sonoridad de los espacios y la construcción del sonido a partir de la experiencia física del músico, incluso para la electrónica. Él me corregía mucho los acentos de las palabras al cantar e incidía en el valor de la toma. En la fuerza del matiz, en el signo distintivo que hace una interpretación más viva. Me quedé con ganas de más y siempre pienso que lo siguiente lo hago con él, porque lo admiro a rabiar. A ver si damos cuadrado. “Val” acabó saliendo como single, pero quise dejar la de “22” en el limbo de la edición física. Esa canción solo se puede escuchar en esos 7” que deben de tener un centenar de personas.

Definías Baldíos (2019) como piezas arrancadas de un proceso mayor. ¿Ese proceso llegó a tomar forma en algún momento o sigue abierto?
Rubén: Como decía antes, Baldíos se nutrió de las chispas de Carme, pero también de los brotes de memoria nova. Pienso ahora que necesitaba soltar lastre, poner límites a aquella locura. ¿100 proyectos? ¿150? Me hizo reducir las posibilidades y contentar el síndrome de Diógenes que llevo dentro, pero también desbrozar el camino para memoria nova, abriendo un prólogo necesario que se demoró más tiempo de lo previsto. En 2020, con la pandemia, paré en seco la composición, me metí de lleno en otro disco de Chicharrón e incluso pensé en ponerle fin a Pantis. Aquella libertad que sentí sacando Baldíos me ayudó a darle un empujón de esperanza a los temas que aguardaban su momento. Baldíos fue el inicio de una narración que se cerrará con lo que vendrá después de memoria nova que espero que no se demore tanto.
El hecho de grabarlo en San Vicente, Santiago de Compostela, Rabat, Helsinki, Madrid y San Sadurniño no parece solo circunstancial. ¿Hay elementos concretos de esos lugares que acabaron filtrándose en las canciones?
Rubén: Sí, aquello que te mencionaba de Pantis como proyecto ligero, proyecto refugio, proyecto viajero, tuvo ese reflejo en esta época en la que anduvimos un poco de nómadas. El disco también goza de esas sonoridades nómadas, del witch house al dreamy pasando por el tecno o la banda sonora. Creo que es un disco muy visual, incluso sin la pieza posterior, puedo dibujar paisajes dispares a través de las atmósferas que lo componen.

Foto: Mar Catarina
Baldíos es también un cortometraje dirigido por ti, con tres narraciones en paralelo que dialogan de diferente manera a lo largo del filme: los subtítulos, que transcriben las notas de un “medio guion”, “Relato dun náufrago”; la música esencialmente instrumental del disco; y las propias imágenes que, a modo de collage (como un vagar por recuerdos), van construyendo su propia historia. ¿Cuándo y cómo “Baldíos” se convirtió también en corto? ¿O fue al revés y la música fue ya compuesta para ser banda sonora?
Rubén: El discurso visual personal ya había estado presente en el clip de Xinxa, que partía también de una resignificación del archivo audiovisual íntimo. Esta vez sentí que quería trabajar esa idea de proyectos frustrados, de no lugares, de viajes azarosos, de retales también en lo visual. De hecho, en el cortometraje se emplean materiales descartados de vídeos para otros proyectos. Me sentí muy libre encajando todo ese material fílmico en el discurso del disco. Ambos se retroalimentan muy bien y parten del mismo horizonte, que es la creación a partir de lo inacabado, como ese proyecto de guion en la adolescencia que me recordaba mucho al cuaderno que dio pie a formar memoria nova.

A loba (2024) es la banda sonora de un cortometraje experimental homónimo dirigido por Iria Silvosa y estrenado en 2020. En él, la autora imaginaba una huida nocturna de la bandolera Pepa a Loba con su perro. Según explicaba, le interesaba explorar los procesos visuales que se dan en completa oscuridad y cómo nuestro cerebro tiende a aferrarse a lo familiar hasta el punto de tratar de convertir cualquier vago estímulo visual en una imagen. ¿Cómo abordaste tú la creación de la música y su relación con lo que se muestra en él?
Rubén: Es un cortometraje muy hipnótico, en ese mar de sombras que lo aplasta todo. Quería aproximarme a la narración con la idea del negro como punto de partida tímbrico de la música. Jugar a que desapareciera la noción de tonalidad en un muro de sonido con un cariz telúrico. Como un telón que amarra la noche al suelo. Hubo alguna idea previa que Iria me ayudó a matizar, despejando de cualquier atisbo de secuencialidad y melodía la pieza. Trabajé directamente sobre las imágenes componiendo y retorciendo el sonido con el tiempo de la imagen. Fue un trabajo muy motivador. Pienso que Iria tiene una mirada muy original sobre el celuloide y sus posibilidades. Un lujo trabajar con ella.

memoria nova (2025) aparece casi diez años después de tu primer elepé, volviendo (físicamente) al punto de partida en Terraforma. ¿Qué ha cambiado en esta década? ¿El proceso, el entendimiento, la forma de trabajar fueron muy diferentes?
Rubén: Este disco estuvo pendiendo de un hilo durante mucho tiempo, yendo y viniendo, siempre a punto de cerrar un cajón. No recuerdo en qué momento concreto empecé a ver posible terminarlo, pero crear “un aire” fue un punto importante. La base la construí para el directo porque me parecía muy machacona y divertida para explorar sonoridades. Cuando la toqué en un concierto en Madrid fue un auténtico desastre y creo que ahí percibí algo de fondo musicalmente hablando. Esto me pasa cíclicamente. Después de eso le di una vuelta al tempo y a algunos matices y la letra se desplegó rápidamente, porque conectaba con esa sensación de frustración, de desmotivación y, a la vez, de pasión por la música. En 2024, como no acababa de lograr configurar un disco largo, pensé en grabar algunas canciones para publicarlas en un EP. No dudé en hablar con Ibán para hacerlo. Con él, como ya dije, me siento muy cercano y percibo que también puedo ser vulnerable y venirme abajo cuando las cosas no salen. Fuimos unos días de Semana Santa muy lluviosos y grabamos cinco temas que pintaban muy bien. Ahí fue cuando decidí terminar otras cinco canciones e intentar grabar en verano. En julio me encerré 15 días a terminar la producción e intentamos cerrar fechas para mezclar en agosto, pero fue imposible por un aparato que se le estropeó y otros proyectos agendados. Pasó todo el curso hasta la siguiente Semana Santa, donde grabamos esas canciones que faltaban. Esta vez yo no estaba tan bien y algunas voces no acababan de encajar. Volvieron las dudas y las ganas de terminar todo y pasar página. Regrabé yo algunas voces en Madrid y rehice arreglos e ideas de muchos de los temas. Ya, por fin, logramos cuadrar unos días de agosto con la sensación de que quería desprenderme ya de ese peso. Las canciones crecieron muchísimo en la mezcla. Ibán hizo desbroce de pistas —soy un poco barroco— y sentí una nueva vida para todo aquello. Entre el primer disco y este lo que más ha cambiado es que tengo una idea musical más precisa y un mayor conocimiento técnico para expresar lo que busco. Además, llevarle todas las pistas editadas hizo que él llegara a la parte que más me interesaba de ecualización, búsqueda de espacio y equilibrio más liberado, con más energía para conservar la fuerza rítmica y de graves manteniendo la dinámica y abriendo los medios y agudos. Las mezclas fueron muy rápidas, en analógico, por lo que había que tener claro si habíamos llegado a un punto final o no antes de cambiar entre una mezcla y otra. En ese sentido cambió mi confianza en él, teniendo más claro en qué momento una canción estaba terminada o no.
“Y quien quiera acercarse a lo que es su pasado sepultado tiene que comportarse como un hombre que excava. Y, sobre todo, no ha de tener reparo en volver una y otra vez al mismo asunto, en ir resolviendo y esparciendo tal y como se resuelve y se esparce la tierra”. La cita es de “Excavar y recordar” de Walter Benjamin, un texto que mencionas en la descripción de “unha muda” a propósito de una frase de tu abuela que aparece, como sample, en esa pieza. ¿Esa excavación es el eje central del álbum?
Rubén: La frase de mi abuela llegó precisamente excavando en el archivo personal. Es la grabación de una conversación con ella una tarde que fui a visitarla. En los últimos años mi abuela ya no hablaba tanto y se quejaba mucho de la espalda. Se pasó toda la vida trabajando muy duro. A los seis años con las vacas, ocho hijos, una vida muy humilde de campesina. En esa frase sentí una conexión extraña con el proceso de búsqueda y construcción de este disco. La vida de mi abuela —cuando podía— era levantarse muy temprano e ir a la tierra aunque ya estuviera jubilada y todo lo que plantaba fuera para ella o para dárselo a sus hijos. Después apareció ese texto de Walter Benjamin en el que el proceso vuelve a ser fundamental y siento que mi propia deriva en la construcción tiene su propia narrativa paralela a las propias de los personajes de las canciones.
En ese proceso de excavar y recordar también hay lugar para la creación de nuevos recuerdos, esa “memoria nova” de la que habla el título del álbum y que está presente en la letra de “un cuarto escuro sen medir”, ¿no?
Rubén: Sí. La gran diferencia del espacio narrativo entre lo que era Carme y memoria nova es que, inicialmente, la idea era trabajar con San Vicente como materia única y, en este, las historias se conectan en un espacio poliforme y en fragmentos de vida arrancados de flashes que conservo y otros que flotan en la atmósfera como posibilidades. Lo que más me sorprendió de todas las casualidades que fui construyendo alrededor del disco fue cuando conocí a unos chavales en la tienda de discos El Muelle —Humanos Distópicos— que se habían encerrado durante un par de jornadas en una nave rural por la zona de Betanzos, creo, y habían hecho un EP de esa experiencia. Llegaron allí con unas cintas y sus vibraciones resonaron en mí rápidamente. Ese mundo paralelo que no pisa los centros de representación social y cultural. Creo que todos los personajes de memoria nova están habitados por ese estar al margen, viviendo universos ricos que pasan por el tiempo como exhalaciones y memorias impredecibles.
Esa idea de memoria que no funciona como archivo, sino como algo que se transforma (y nos transforma) cada vez que se revisa se refleja también en la propia configuración de los temas, que parecen construirse a partir de restos (voces, fragmentos o situaciones que conviertes en samples y cuyo origen explicas en Bandcamp). ¿Qué tipo de relación estableces con ese material cuando lo llevas a una canción?
Rubén: Hay en esa decisión una forma de trabajar con la idea del archivo personal contraponiéndolo con el colectivo, y otras expresiones muy alejadas geográficamente, pero conectadas en los sistemas en los que viven. La idea del mapa que se borra deliberadamente, las huellas que dejan de tener sentido, las personas que desaparecen y dejan su rastro en un disco perdido en Internet Archive o en un vídeo con 0 visualizaciones en YouTube. Hay algo que conecta esas experiencias dispares de aislamiento, pérdida y desposesión, como en el caso de “ás amorias”, donde conviven el robo de tierras comunales en Balea, Ogrobe, con la lucha del pueblo palestino por su tierra y un disco de Kumiko Okamura que quedó flotando en la red como vestigio de un ser que ya no sé si está aquí, la pérdida de la memoria, la muerte de Internet, la idea de pertenencia, la imposibilidad de conservarlo todo y lo fácil que es que esa memoria ingente de nuestro presente desaparezca. De ahí la idea de las iniciales en las piedras que hay también en “ás amorias”, el guiarse por la luna y volver a la fisicidad de un mundo que dejamos a monte. Construir las emociones a partir del reciclaje. Para mí todo encaja.

Foto: Prenom
En las letras de algunos temas aparece también una dimensión más generacional: movimiento, precariedad, repetición de rutinas, gente que se va y gente que se queda, como en “un aire”, por ejemplo. ¿Ese estrato nace de experiencias concretas o fue tomando forma al construir el disco?
Rubén: “Un aire” es una canción muy de cualquier época reciente. Podrían cambiar los dispositivos, pero se mantienen las sensaciones. Por eso conecta tanto. La cara A del disco gira en torno a este personaje que describe su universo y una vivencia muy concreta, que podría haber sido el universo de algunas personas en muchas aldeas de Galicia. Hay una dualidad que recorre el disco entre la apatía, la pérdida, el aislamiento y la necesidad de darle aire, de retomar algunas historias que quedaron suspendidas. En este disco son importantes los motores, la capacidad de movilizar una idea, una emoción, un cuerpo.
Entre todos los temas de memoria nova, solo “a tarde ceiba” tiene una pieza audiovisual. ¿Qué había ahí que pedía esa traducción a imagen?
Rubén: Es un tema con una fuerte componente sensorial que parte ya del primer verso. Siempre tuve claro que quería que se convirtiera en un vídeo. Conocía algunas piezas realizadas por Raquel Espiñeira y quería que su sensibilidad visual y compositiva estuviera presente. Entendió muy bien lo que buscaba y en su propio proceso trabajó del modo en que acostumbrábamos a hacer en Prenom: tirar de amigas, abrazar la naturaleza y la luz y construir desde la intuición. Es muy bello lo que hizo. Habrá alguno más, pero ahora mismo este lo explica todo en el disco.
En “ás amorias” aparece MounQup, la única voz invitada del disco. ¿Qué cambia ahí cuando dejas de estar solo? ¿Qué aportó ella a la sonoridad de la canción?
Rubén: Conocí a MounQup hace muchos años en Saumede. Siempre flipé mucho con su humanidad y su capacidad artística para integrar su bagaje cultural en un nuevo ecosistema, cantando en gallego, viviendo en lo rural, colaborando con un montón de gente interesantísima. Una joya. En “ás amorias” tuve claro que su participación resignificaría el tema de forma exponencial. Aún ahora recuerdo lo que sentí cuando recibí las pistas y las integré en la canción. Me sentí muy agradecido porque, sin ella saberlo, había acercado tímbrica y melódicamente la canción a ese apartamento en Japón que imaginaba al final del tema, como una cápsula de tiempo y memoria instantánea en un devenir infinito de borrados y reconstrucciones.
La portada es una foto de Andreia López Barreiro. Hablas de esa luz y de esa intimidad como algo que ya formaba parte de las canciones antes de existir la imagen. ¿En qué momento reconoces que esa era la portada?
Rubén: Andreia es una gran fotógrafa. Siempre se lo decimos. Me encanta su mirada. Ella y su grupo de amigxs son personas muy listas, muy a flor de piel, dinámicas y exploradoras. Desde que los conozco, siempre los observé con una curiosidad y admiración tremenda. Creo que empecé a verlos así en una fiesta bastante larga en la aldea de un amigo durante la pandemia. Mucha de la intimidad entre ellos se respira en su obra. De hecho, pensé en una situación en la que la había visto al salir de un concierto para construir uno de los personajes del disco y en la imagen de la portada aparecen dos personas —Xurxo y Andrea— que también podrían ser perfectamente personajes del disco. Cuando le dije que quería que una foto suya fuese portada de esta última versión del disco me presentó algunas opciones y todas eran maravillosas. Esta era una foto problemática pero sentía que tenía aquello que buscaba: movimiento, tensión, una luz brillante en medio de la noche y una hoguera que conectaba, de alguna forma, con cierta idea de rito, que también está presente en el disco y en su propia construcción. Las personas en ella aparecen como rastros y los rastrojos en sí mismos son diversos. Un compendio de lo que había por allí a mano.
Utilizar formas verbales como “deixín” o “cheguín” (las formas normativas son “deixei” y “cheguei”) hace que la lengua deje de ser neutra y pase a estar situada, asociada a un lugar concreto. ¿Qué quedaría fuera si no escribieses así?
Rubén: Sí, y no está en todas las canciones. Quería que esos rasgos dialectales apareciesen a veces, pero no en todos los personajes para así abrir el marco espacial. También conservé la gheada, algún seseo y varios castellanismos que me parecía que tenían que estar ahí, pero muy puntuales. Tampoco estoy muy en el barco de emplear todos los castellanismos que en el habla diaria se utilizan en mi zona o en otras. Pienso que debemos ir construyendo un marco de normalidad también para palabras gallegas que cayeron en desuso y siempre estuvieron ahí.

Foto: Prenom
En un proyecto como el tuyo, el directo depende mucho de cómo decides montar el set. ¿Qué hay detrás de esa configuración? ¿Qué queda y qué se transforma al llevarlo del estudio al escenario?
Rubén: En algún momento me encantaría tocar estas canciones con una banda, pero creo que el set actual mantiene la identidad de estas trabajando sobre bases más ligeras de capas, samples y un sinte en directo. Utilizo una base sólida y cerrada que me permite tener mucho margen para la interpretación vocal, el movimiento y el cuerpo. Pienso que en mi directo marca la diferencia esa visceralidad, de ahí que este set gane mucho en las distancias cortas y en la oscuridad. Hace poco toqué en Acéfala, en A Coruña, y fue muy especial. En directo, la forma de cantar es mucho más catártica, menos contenida, a veces muy gritona, pero es lo que me pide el cuerpo. A veces mucho más drama king. A veces cambio las letras manteniendo ese pulso de improvisación que tenía antes. Me siento muy libre en un escenario, sobre todo cuando los técnicos de sonido me toman en serio y reman a favor.
Y hablando de conciertos, ¿alguno próximo que debamos guardar en la agenda?
Rubén: 15 de mayo. Boiro, A Pousada da Galiza Máxica con Death Wistle
23 de mayo. Santiago de Compostela,Sala Fantástica con Signora Anido e Rea
18 de julio. Ferrol, Solpores de Canido con Fantasmage
En “a melloría” hay dos versos muy llamativos y que también conforman la descripción del proyecto en Bandcamp: “amarrado a una rama siempre a punto de quebrar” (“amarrado a unha póla sempre a punto de quebrar”). ¿Qué es lo que aún la sostiene?
Rubén: Esa es una de las palabras que quise conservar tal y como la decimos en San Vicente: ponla (rama). Soy una persona muy inquieta, a veces con muy poco foco y a la que sobrevuela una nube gris permanente. ¿Quién sabe? Suelo agotarme fácilmente y después vuelvo a escarbar por ahí. Empecé hace nada a componer con Ableton y volví a sentir ese asombro que me hace caminar. Ese querer sentir aunque sea un espejismo en el lecho de muerte como esa mejoría que da título a la canción.
¿Qué artista o grupo gallego nos recomendarías? ¿Algún favorito que deberíamos conocer?
Rubén: Clo Plas es de lo mejor que nos ha pasado en mucho tiempo. Humanos Distópicos son magnéticos. Creo que tienen un disco nuevo entre manos con otro nombre. Seguro que lo moverán algo, pero habrá que escarbar un poco. Revisad su YouTube. Hay un montón de pequeñas joyas. Siempre estoy esperando lo siguiente de MounQup. Creo que es un auténtico privilegio tenerla aquí y verla crecer en cada proyecto. Es muy inspiradora. Por otra parte, Peña eran maravillosos. Espero que algún día vuelvan, pero si no lo hacen dejan un disco que es para tener siempre a mano.
Y si abriésemos tu cuenta personal de Spotify, ¿qué escucharíamos? 100% sinceridad, 0% vergüenza.
Rubén: Ya no tengo Spotify porque me costaba mucho sentir que le regalaba mi dinero a un tecnofascista. Invertir el dinero de la música en empresas armamentísticas no puede tener otro nombre, además de alentar la presencia de la IA en la cadena de distribución musical, entre otras muchas cosas. Somos todos contradicciones, porque aún mantengo Instagram, WhatsApp, Google y otras del ramo y mi música y la de Prenom continúa distribuyéndose ahí. Poco a poco. Lo que tengo claro es que tenemos que ir bajándonos de esta espiral de delegación cultural acrítica y dejar de alimentar al monstruo.
Estoy escuchando muchos discos de The Numero Group, que se dedican a excavar en discos viejos, olvidados, rescatándolos y reeditándolos con su historia. Y después, todo lo que me recomienda Pablo de El Muelle. El último que le compré es uno de Larrison —Connecters Vol.1— que me pareció una delicia. También estuve escuchando mucho a unos chavales, creo que rusos, Pavel Milyakov y Yana Pavlova. Está muy, muy bien lo que hacen. No tengo muchos placeres culpables ahora mismo. Me gusta algo Karol G, pero Karol G está guay, oh!

